Por Jorge Rachid
Los argentinos que, autoexiliados en Montevideo, conspiraban contra el gobierno del Restaurador Juan Manuel Rosas, quien desde la gobernación de Buenos Aires comandaba el intento de unificación federal de un país en ciernes, no dudaron en sumarse subiendo a los noventa buques mercantes y veinte de guerra ingleses y franceses, que en nombre de la libertad de comercio y la libre navegabilidad de los ríos interiores, a fuerza de cañonazos y prepotencia colonial quisieron imponer condiciones a un gobierno que consideraron débil e incapaz de enfrentarlos. Se equivocaron de bando y de percepción de la realidad.
Esos argentinos de ayer como Florencio Varela o Luis Bustamante, entre otros, que no escucharon ni siquiera la proclama de Juan B. Alberdi desde su exilio chileno, unitario enemigo de Rosas, pero en su fecunda y lúcida madurez se le debe esta significativa frase: “Prefiero a los dictadores de mi patria que a los libertadores extranjeros”, hoy repiten la historia, justificando desde supuestas “academias” del pensamiento, los argumentos coloniales que esgrime el Imperio inglés para desconocer las 11 resoluciones de Naciones Unidas destinadas a discutir la soberanía de las Islas Malvinas, invocando la base de los “derechos de los kelpers”. >>